lunes, 6 de abril de 2009

Oh, baby, how I love you

Ya está. Ha sucedido. Lo que había estado esperando durante años y no terminaba de
llegar nunca.
De tanto imaginarse cómo iba a ser, lo tenía idealizado, quizás por eso cuando
ocurrió le pareció un tanto decepcionante.
Comenzó como siempre y al principio creyó que iba a continuar así, pero llegó a un
punto en el que no cabía duda de que vendría después, a pesar de no haberlo
experimentado nunca. Y pensaba que se sentiría por fin libre y feliz.
Pero no. Empezó a darse cuenta de que la vida se le escurría entre los dedos y, en el último segundo, tuvo ganas de levantarse y hacer todo aquello que le habría gustado y que, en parte por él o por ella misma, no había hecho.
Pero era inútil lamentarse por eso, así que se dejó llevar, para que fuera más fácil. Ni siquiera se planteó que quizás hubiera podido, al menos, esquivar los golpes que estaba recibiendo y huir muy lejos, lejos de todo.
Y es que, desde hacía ya varios años, funcionaba por inercia, aburrida de repetir la
misma situación una y otra vez, dándose cuenta de que lo que tenía planeado para
plantarle cara nunca lo podría llevar a cabo, bien por ser demasiado descabellada,
bien por perder la oportunidad o el valor en el último minuto o bien porque él volvía a recogerla del suelo, donde la había tirado momentos antes, y la envolvía entre sus brazos, esos que antes la dañaban, y le decía al oído una frase que la tocaba profundamente, que la estremecía de amor y que le hacía perdonar todo el dolor.
Una frase que le recordaba la bondad del hombre del que se había enamorado tiempo atrás y que, extrañamente, se fue desvaneciendo.
No era una frase célebre, ni un verso de un poema brillante, simplemente un trocito de una canción de rock que él solía cantar para ella, acompañado de su guitarra:
“Oh, baby, how I love you”.

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